En medio de tantas frases arrojadas como parte de un juego, "el dandy" de Trancas pareció preanunciar su decisión: "porque yo a la cárcel no tendría que ir. Se tiene que hacer Justicia como sea, porque yo no soy un asesino", dijo al periodista de LA GACETA.

Si los jueces decidían que se le ponga custodia, ¿hubiera podido el imputado acusar al tribunal de prejuzgar y tratar con ello de postergar el proceso? No está claro. Lo cierto es que el hombre de las definiciones rimbombantes con suave aire arjonesco ("esto es un golpe de Estado a la Justicia") aprovechó el resquicio que deja el sistema legal -está en libertad porque ya excedió el tiempo detenido y porque se lo sigue considerando inocente hasta que tenga condena firme- e hizo temblar el sistema.

Y vienen más preguntas: ¿debían los jueces que lo juzgan saber antes del juicio que es un sujeto imprevisible y adicto al gran juego de la figuración? ¿Tendrían que haber conocido de antemano ese informe que dice que tiene marcados rasgos histéricos y narcicistas, y vacío afectivo que le genera obnubilación?

Ellos dirán que no. Pero tendrían que haberlo sabido mejor todos los que llevaron adelante esta causa, desde los policías y el fiscal y el juez de Instrucción hasta el fiscal de Cámara. Más allá del show que hizo en el juicio, el hombre está acusado de homicidio agravado. Lo podrían condenar a reclusión perpetua. Cualquier histérico se escaparía ante esa perspectiva.